En menos de nueve meses, ya tenía reclutados a decenas jóvenes del puerto, así como a varios muchachos de las cuencas de los ríos Anchicayá, Raposo, Yurumanguí, Dagua, Naya, Calima y Cajambre, más los talentos de las zonas costeras de Málaga y Ladrilleros. Como por arte de magia, la profe Correa sacó de su sombrero una coral de casi 100 muchachos que, a punta de ilusión, terminaron por fundar la banda Son Cimarrón, nombre que hace alusión a la legendaria expresión libertaria y -¿por qué no?- al sabor silvestre del cimarrón, ese cilantro poderoso del Pacífico. En medio de este proceso, la decidida directora -quien por entonces ya se había convertido en eso que en este país se llama una 'gestora social'-, dio con estas dos adolescentes cuyas historias son parecidas, pero, en la práctica, algo distintas. A Eidy Dayanna Estacio la encontró en el barrio Lleras, el más conflictivo de Buenaventura: "Por cuenta de un severo cuadro de desnutrición, me topé con una niña azotada por serios problemas en la piel. Cuando le oí su voz, tímida y débil, entendí que esa sería su tabla de salvación, ya que era evidente su problema de autoestima. Luego, despacito, empezó a sacar su talento". Eidy es la tercera de cuatro hijas de una lavandera que también canta. Hasta hace dos años era una adolescente flaca, desaliñada y despreciada. Su estado era tan crítico -con aventajados hongos en su piel-, que el día que le hicieron la audición para la banda las moscas revoloteaban por su cabeza. Una vez entró a hacer parte de Son Cimarrón, su historia y su autopercepción crecieron radicalmente. "A mí me decían: 'Quítese de aquí, negra'. Ahora, la mayoría de los pelaos de mi barrio me admiran y hasta tengo un novio de 25 años", cuenta Eidy. El caso de Kelly Angulo tiene otros matices: la cuarta hija de una camada de seis ha vivido profundamente orgullosa de su raza desde aquel día en que, muy niña, en el río Dagua, le dijo a su mamá: "¿Y yo por qué nací negra?", a lo que su vieja contestó: "Si no te gusta, cámbiate de piel, fácil". Desde entonces, y hasta el día de hoy, Kelly es una joven altiva que brilla por su larga sonrisa. Fue la última en ingresar al grupo y, aún hoy, es una de las más interesadas en capacitarse tanto en lo musical como en lo académico. "En el barrio, yo soy quien les enseña a todos de qué se trata ser negro", asegura. Unidas por el golpe de un sonido que va del currulao al rap, Eidy y Kelly se han convertido en amigas inseparables. La profe Correa redondea: "Sus lazos son tan fuertes que ya se tratan de 'comadres', que es la palabra mayor por estas tierras". el tiempo
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